Vidas imaginarias

Vidas imaginarias

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—Loado sea Dios, entonces, por haber permitido a esos piratas, como usted los llama, dar ejemplo de la vida franca y llana que llevaban nuestros abuelos. Por entonces no había poseedores de riquezas, ni guardianes de mujeres, ni esclavos para suministrar el azúcar, el algodón o el índigo; y sí un dios generoso que dispensaba todas las cosas y cada uno recibía su parte. Es por eso que admiro tanto a los hombres libres que comparten los bienes entre todos y llevan juntos la vida de los compañeros de fortuna.

Cuando recorría sus plantaciones, con frecuencia el Mayor golpeaba el hombro de un trabajador:

—¿No sería mejor para ti, imbécil, estibar en algún galeón o bergantín las balas de la miserable planta sobre cuyos retoños derramas aquí tu sudor?

Casi todas las noches el Mayor reunía a sus servidores en los cobertizos de grano donde les leía, a la luz de un candil, mientras moscas de color zumbaban alrededor, las grandes acciones de los piratas de la Hispaniola y de la isla de la Tortuga. Pues había volantes con los que se advertía de sus rapiñas a los poblados y las granjas.


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