Vidas imaginarias
Vidas imaginarias «Nobilis Gallus, Perroni Dominus, summus Mathematicus et Philosophus, matus Turonum, pridie Calendas Apriles 1596. Denatus Holmiae, Calendis Februari, 1650 (Encuentro esta inscripción al pie de su retrato por C. V. Dalen). Cómo pasó su tiempo en su juventud y con qué método llegó a ser tan sabio, él mismo lo cuenta al mundo en su tratado intitulado De la Méthode. La Sociedad de Jesús se jacta de que en la orden haya recaído el honor de educarlo. Vivió algunos años en Egmont (cerca de La Haya) en donde dató varios de sus libros. Era un hombre demasiado sensato como para cargar con una mujer; pero, dado que era hombre, tenía los deseos y apetitos de un hombre. Por eso mantenía a una hermosa mujer de buena condición a la que amaba y con la cual tuvo algunos hijos (creo que dos o tres). Sería muy sorprendente que, salidos de los riñones de un tal padre, no hubiesen recibido una buena educación. Era tan eminentemente sabio que todos los sabios lo visitaban y muchos de ellos le rogaban que les mostrara sus… de instrumentos (en esa época la ciencia matemática estaba fuertemente ligada al conocimiento de los instrumentos y, tal como lo decía el Sr. H. S., a la práctica de los trucos). Entonces sacaba un pequeño cajón de debajo de la mesa y les mostraba un compás que tenía uno de sus brazos roto; y después, como regla, usaba una hoja de papel doblada en dos». Está claro que Aubrey tuvo perfecta conciencia de su trabajo. No se crea que desconociera el valor de las ideas filosóficas de Descartes o de Hobbes. No era eso lo que le interesaba. Nos dice muy claramente que Descartes mismo expuso su método al mundo. No ignora que Harvey descubrió la circulación de la sangre, pero prefiere anotar que ese gran hombre pasaba sus insomnios paseándose en camisa, que tenía mala letra y que los más célebres médicos de Londres no hubieran dado ni cinco centavos por una de sus recetas. Está seguro de habernos instruido acerca de Francis Bacon cuando nos explica que tenía ojos vivaces y delicados color de almendra y parecidos a los de una víbora. Pero no es tan grande artista como Holbein. No sabe fijar por la eternidad a un individuo por sus rasgos especiales en un fondo de semejanza con el ideal. Le da vida a un ojo, a la nariz, a la pierna, a la mueca de sus modelos, pero no sabe animar el rostro. El viejo Hokusaí veía bien que había que llegar a hacer individual lo que hay de más general. Aubrey no tuvo la misma penetración. Si el libro de Boswell cupiera en diez páginas, sería la obra de arte esperada. El sentido común del doctor Johnson está compuesto por los lugares comunes más vulgares; y expresado con la violencia extravagante que Boswell supo pintar, tiene una calidad única en este mundo. Sólo que ese pesado catálogo se parece a los mismos diccionarios del doctor; de él podría inferirse una Scientia Johnsoniana, con un índice. Boswell no tuvo el coraje estético de escoger.