Vidas imaginarias

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Y Sufrah batió palmas, pues la figura de geomancia mostraba que el cuerpo del rey Salomón se conservaba en esa misma tierra de África, y que aún llevaba en el dedo su sello todopoderoso que da la inmortalidad terrena; tanto como que el rey debía estar dormido desde hacía miríadas de años. Sufrah, contento, esperó el alba. En una media luz azul vio pasar a Ba-da-oui salteadores que tuvieron piedad de su infortunio cuando les imploró y le dieron una bolsita con dátiles y una cantimplora llena de agua.

Sufrah echó a andar hacia el lugar designado. Era un paraje árido y pedregoso entre cuatro montañas desnudas, levantadas como dedos hacia los cuatro rincones del cielo. Allí trazó un círculo y pronunció palabras; y la tierra tembló y se abrió y se vio una losa de mármol con una anilla de bronce. Sufrah asió el anillo e invocó por tres veces el nombre de Salomón. Al momento la losa se levantó, y Sufrah descendió por una escalera estrecha al subterráneo.






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