Vidas imaginarias

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Lo odió casi desde su primer aliento. A los quince años reclamó su parte de la fortuna, como si el viejo Angiolieri estuviese muerto. Al serle negada se irritó y abandonó la casa paterna. Desde entonces no dejó de quejarse a los pasantes y al cielo. Llegó a Florencia por el camino real. Allí reinaban los Blancos todavía, aun después de haber sido expulsados los gibelinos. Cecco mendigó su pan, dio testimonio de la severidad de su padre y acabó por instalarse en el cuchitril de un zapatero que tenía una hija. Ésta se llamaba Becchina y Cecco creyó que la amaba. El zapatero era un hombre simple, adicto a la Virgen, de la cual llevaba medallas, y estaba convencido de que su devoción le daba derecho a cortar sus zapatos en cuero malo. Conversaba con Cecco de la santa teología y de la excelencia de la gracia al resplandor de una tea de resina antes de ir a acostarse. Becchina lavaba la vajilla y sus cabellos estaban siempre enredados. Se burlaba de Cecco porque tenía la boca torcida.

Por aquel tiempo comenzó a correr por Florencia el rumor del amor excesivo que había sentido Dante degli Alighieri por la hija de Folco Ricovero de Portinari, Beatrice. La gente letrada sabía de memoria las canciones que le había dedicado. Cecco las oyó recitar y las reprobó con energía.


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