El Monasterio

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—Más valdría que se quedaran tranquilos en sus casas, y no fueran a saquear a los ingleses, como están haciendo.

—Si les quitáis sus lanzas y sus espadas, ¿quién se opondrá a los bandidos del Sur? ¿Acaso nosotras, pobres, viejas, con nuestros bolillos y nuestras ruecas? ¿Los frailes con sus campanas y sus libros de rezo?

—¡Ojalá no les hubieran dejado lanzas ni sables! Más tengo que agradecer a un inglés, a Stawarth Bolton, que a todos los merodeadores que llevan la cruz de San Andrés. Sus excursiones y sus saqueos son, a mi juicio, la causa principal de las querellas entre Inglaterra y Escocia, a pesar de que les debo la pérdida de mi esposo. El matrimonio del príncipe con nuestra reina es solo un pretexto, pues son gentes a quienes, como a Cristián, su costumbre de saquear a los habitantes de Cumberland, les ha hecho caer sobre nosotros.

En otra cualquiera circunstancia, Tibb no habría dejado sin réplica estas reflexiones que consideraba como insulto para sus conciudadanos; pero recordó a tiempo que Elspeth era el ama de la casa, y, refrenando su patriotismo, volvió a llevar la conversación al acontecimiento del día.

—¿No es extraño —dijo— que la heredera de Avenel haya visto a su padre esta noche?

—¿Creéis que era su padre? —replicó la viuda.


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