El Monasterio

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—¿Pues quién queréis que sea?

—Podía ser algún espíritu que se le apareciera.

—El parecido es exacto, a juzgar por la descripción que hizo la señorita María. Así se vestía él cuando iba a caza de pájaros. Llevaba siempre la coraza porque tenía enemigos en el país, y en mi opinión, señora Elspeth, todo hombre debe llevar acero sobre el pecho y espada al cinto.

—Me desagrada todo cuanto se relaciona con la guerra, Tibb, pero me desagradan más aún las apariciones en vísperas de Todos los Santos. Siempre son mensajeras de alguna desgracia, cosa que sé muy bien, puesto que a mí me ha ocurrido.

—No lo dudo, señora Elspeth —repuso Tibb acercando su banco al enorme sillón en el que estaba sentada la viuda de Simón Glendinning—. Contadme eso.

—Cuando yo tenía dieciocho o veinte años de edad y estaba soltera, me gustaba tanto divertirme, que no faltaba a ninguna de las fiestas de los alrededores.

—Pues habéis cambiado mucho desde entonces, porque en otro caso no hablaríais con tanta ligereza de nuestros bravos caballeros a quienes llamáis merodeadores.


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