El Monasterio
El Monasterio —Lo que me ha ocurrido, Tibb, es suficiente para hacer cambiar a una mujer para todo su vida. Además, a una muchacha como yo era entonces, no podÃan faltarle nunca galanes.
—Lo creo, señora Elspeth, pues todavÃa hoy…
—¡Vaya, Tibb, vaya! —protestó la señora Glendinning aproximando el sillón al taburete—. Ya sé que ha pasado ese tiempo, pero en la época de que os hablo, los hombres no dejaban de mirarme, y, además, no me faltaba un pedazo de tierra en la punta del delantal, porque mi padre era propietario de Littledearg.
—Lo sé, señora Elspeth, ya me lo habéis dicho… Pero referidme vuestra visión.