El Monasterio

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—Pero, decidme, Tibb, ¿qué lee vuestra señora siempre en ese gran libro negro con broches dorados? Allí hay palabras muy bellas para ser pronunciadas por otros que no sean sacerdotes. Si hablara de Robin Hodd o de los compañeros de David Lindsay, se entendería mucho mejor, y se sabría qué pensar. No es que sospeche de vuestra señora, pero no sería extraño que una casa honrada se llenase de espíritus y de fantasmas.

—Sería injusto señora —repuso Tibb algo enojada—, tener la menor sospecha respecto a lo que dice o hace mi ama. En cuanto a la niña, nació, hace nueve años, en el mismo día de hoy, y los que nacen la víspera de Todos los Santos ven mucho más que los otros, como es sabido.

—Y, sin duda, por eso es por lo que no se ha asustado de lo que ha visto. Eduardo o Alberto, que tienen otro carácter, hubieran gritado como diablos toda la noche. Esa clase de visiones son más naturales para la señorita María.

—Así debe ser, puesto que nació la víspera del día de Todos los Santos, como os he dicho, a pesar de lo cual, no se diferencian en nada de los demás niños. Excepto esta y la noche en que nos extraviamos en aquel maldito pantano cuando nos dirigíamos aquí, no sé que haya tenido más visiones que otros.

—¡Qué es lo que pudo ver en el pantano, sino urogallos y pollas de agua!


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