El Monasterio

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Fui pescador durante dos días, lo que me costó dos docenas de anzuelos y no sé cuántos sedales, sin que pudiera coger un solo pez. Fui luego cazador, y los pastores, labradores y hasta mi perro se divertían a mis expensas cuando erraba la puntería, cosa que ocurría a cada disparo, Además, los campesinos de la localidad guardaban su caza, y hasta pensaron procesarme, por lo que renuncié a este ejercicio. No habiendo querido combatir a los franceses no debía entrar en guerra con los valientes de Teviotdale, y empleé tres días en limpiar mi escopeta, que después colgué de dos clavos encima de mi chimenea.

Este último ensayo, que no me resultó del todo mal, me despertó la afición a las artes mecánicas, y decidí limpiar el reloj de cuchillo de mi posadera; pero, al salir de mis manos, la parlera avecilla se quedó muda. Después construí un torno, y, al servirme de él, estuve a punto de perder uno de los dedos que el húsar francés me había dejado. Me dediqué entonces a la lectura, pero, a la cuarta o quinta página de una historia o de una disertación, se apoderaba de mí el sueño de tal modo que me veía obligado a dejar el libro, por lo que me costaba un mes entero leer una novela. En fin, estaba tan ocioso, en las horas en que todo el mundo trabajaba, que no podía más que pasearme por el cementerio o distraer el tiempo silbando hasta la hora de la comida.


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