El Monasterio

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Después de pasar una hora al lado de la enferma, el fraile salió pensativo y preocupado. Elspeth, que le había preparado un refrigerio en la sala inmediata, quedóse sorprendida al ver la alteración de su rostro. Observándole con viva inquietud, advirtió que más parecía un sacerdote que acababa de oír la confesión de un horrendo crimen, que un confesor que había reconciliado con el Cielo a una pecadora.

Después de muchas vacilaciones, Elspeth se atrevió al fin a hacerle una pregunta. Estaba segura de que lady Avenel no había podido hacer otra cosa más que edificar al reverendo padre, pues, en los cinco años que habían vivido juntas, había hecho una vida ejemplarísima.

—Señora —respondió el sacristán severamente—, habláis sin saber lo que decís. ¿De qué sirve la limpieza exterior de una vasija si la herejía mancha el interior?

—En efecto, santo fraile, nuestras fuentes y nuestros platos podrían estar más limpios —repuso Elspeth, que no comprendía lo que le habían dicho; y púsose a limpiar con su delantal el polvo de los platos y las fuentes.


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