El Monasterio

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—No, no, señora Elspeth, vuestras fuentes y vuestros platos están perfectamente limpios; la mancha de que hablo es la de la herejía pestilente, cuyos progresos son cada día mayores y más espantosos, pareciéndose al gusano en la guirnalda de rosas de la esposa.

—¡Santa Madre de Dios! —exclamó la viuda santiguándose—. ¿Acaso he vivido con un hereje?

—No digo eso, señora Elspeth, no digo eso, pues sería tratar con demasiado rigor a una desventurada viuda. Las funestas doctrinas que la herejía ha propagado no han hecho ninguna impresión en su alma. ¡Ay! Es una plaga contagiosa que ocasiona inmensos desastres en el rebaño sin perdonar ni a las más hermosas ovejas, pues es evidente que esa señora es tan distinguida por su instrucción como por su alcurnia.

—Sí, sabe leer y escribir… iba a decir que casi tan bien como vuestra reverencia.

—¿A quién escribe? ¿Qué lee? —preguntó el fraile algo confuso.

—Realmente, yo no la he visto escribir; pero su doncella, que ahora está al servicio de la casa, dice que escribe muy bien. En cuanto a la lectura, frecuentemente lee cosas muy bellas en un grueso volumen con broches dorados.

—¡Mostradme ese libro! —ordenó el fraile—. Como vasalla y como católica os mando que me lo hagáis ver en seguida.


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