El Monasterio
El Monasterio Elspeth titubeó, azorada por la severidad con que el confesor le daba esta orden, pues estaba convencida de que un libro que persona tan respetable como lady Avenel estudiaba con tanta ardor, no podÃa ser pecaminoso. Dominada, sin embargo, por los gritos, las exclamaciones y hasta las amenazas a que el padre Felipe recurrió, se decidió a presentarle el libro fatal.
—¡Es precisamente lo que sospechaba! ¡Mi mula! ¡Mi mula! No me quedo un minuto más en esta casa. ¡Qué bien habéis hecho señora Elspeth, en entregarme ese peligroso libro!
—¡Dios mÃo! ¿Está hechizado? ¿Es, acaso, obra del demonio?
—¡No! ¡Qué desatino! —contestó el fraile—. Es la Santa Escritura; pero está traducida en lenguaje vulgar, y la Santa Iglesia Católica prohÃbe dejarla en manos de ningún laico.
—Sin embargo, es la Santa Escritura que nos ha sido transmitida para nuestra salvación. Padre, os lo ruego, iluminad mi inteligencia. La falta de instrucción no puede ser pecado mortal, y, a pesar de mi escasez de conocimientos, me agradarÃa mucho poder leer la Escritura.
—Asà fue como nuestra madre Eva quiso adquirir el conocimiento del bien y del mal, y asà también entraron en el mundo el pecado y la muerte.