El Monasterio

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—No es a mí a quien debéis creer, señora Elspeth —agregó el padre Felipe con la humildad que creyó convenía al sacristán del monasterio de Santa María—, sino al santo Padre de la Cristiandad, a nuestro reverendo padre, el abad Bonifacio. Yo, pobre sacristán, no hago más que repetir lo que oigo a mis superiores; pero no os quepa duda, señora Elspeth, de que la letra, la letra sola mata. La Iglesia tiene sus ministros para explicarla a los fieles: y yo no hablo, mi muy amados hermanos, quiero decir, mi muy amada hermana (recitaba uno de sus antiguos sermones), yo no hablo de los curas, de los vicarios, y del clero secular, así llamado porque sigue los usos del siglo (sæculum), libres de esos lazos que nos separan completamente del mundo: yo no hablo tampoco de los hermanos mendigos o hermanos negros, sino de los frailes, y con especialidad de los benedictinos reformados, según la regla de San Bernardo de Clairvaux; así, pues, hermanos, o, mejor dicho, hermana, ¡gloria y prosperidad al país en que se encuentra el monasterio de Santa María, que ha producido más santos, más obispos, más Papas que ningún otro establecimiento religioso de Escocia! Así, pues… ¡Ah! Martín ha traído ya mi mula. Recibid mi salutación; voy a partir, porque sería peligroso ponerme en camino más tarde, si he de creer los rumores que corren acerca de lo que ocurre en el valle. Además, si el guarda del puente no me dejara pasar, necesitaría vadear el río, y sus aguas han subido bastante.


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