El Monasterio

El Monasterio

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El padre Felipe estaba aterrado: el balanceo de los árboles, el ruido de las hojas que el viento agitaba, y hasta las rocas, que afectaban fantásticas figuras, eran motivos de alarma para el sacristán del monasterio. Así es que se sintió aliviado de un gran peso cuando, al fin, logró salir de aquella especie de desfiladero y entró en el hermoso valle del Tweed, cuyas aguas, contenidas en un lecho a veces ancho, a veces más estrecho, siguen su curso con una majestad que le distingue de los cuatro ríos de Escocia; pues, hasta en las épocas de mayor sequía, el Tweed llena casi siempre el espacio contenido entre sus orillas, sin dejar al descubierto esos lechos de cañas que en otras partes cubren el borde de las aguas más claras.

Aunque las bellezas del paisaje que recorría no le fascinaban, el fraile, como prudente general, felicitábase por haber salido del estrecho valle en que hubieran podido sorprenderle inopinadamente, obligó a tomar a su mula su paso natural, y a abandonar el trote agitado y desigual que hasta entonces había llevado con gran sufrimiento del jinete; y secándose el sudor que perlaba su frente, contempló la luna brillante que, mezclando su tibia claridad con la de las estrellas, cruzaba el espacio iluminando a lo lejos el antiguo monasterio. Sin embargo, esta bella perspectiva perdía todo su encanto para el fraile, que sabía que el monasterio estaba al otro lado del río.


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