El Monasterio

El Monasterio

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Durante mis paseos, las ruinas del monasterio me llamaron la atención, y, poco a poco, llegaron a interesarme, por lo que me detuve a examinar los detalles y su plan general. El sacristán me prestó ayuda, enterándome de cuanto la tradición le había hecho descubrir. Cada día aumentaba el tesoro de mis conocimientos acerca del noble edificio, descubriendo el destino que debían tener ciertas partes de la construcción, separadas del resto del monasterio y reducidas, actualmente, a escombros.

Con frecuencia se me presentaba ocasión de utilizar mis conocimientos en beneficio de los viajeros que recorrían Escocia y visitaban este lugar famoso. Sin usurpar los derechos del sacristán, que era amigo mío, llegué a ser el segundo cicerone, encargado de conducir a los visitantes de las ruinas, a quienes daba las correspondientes explicaciones. Muchas veces, cuando el sacristán había recibido ya la gratificación de unos visitantes y llegaban otros, me dejaba con los primeros, haciendo de mí este elogio:

—¿Qué más puedo deciros? Seguid, señores, con el capitán, que sabe de estas cosas más que nadie en el mundo.



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