El Monasterio
El Monasterio Entonces me inclinaba cortésmente ante los forasteros, y empezaba a hablarles, llenándolos de asombro con la variedad de mis observaciones crÃticas acerca de las criptas, los canales, las naves, las arcadas, los arquitrabes góticos y sajones, los astrágalos y pilares. A veces ocurrÃa que un conocimiento empezado en las ruinas de la abadÃa terminaba en la posada, lo que daba alguna variedad a la monotonÃa de la espaldilla de camero que mi pupilera acostumbraba servirme caliente el primer dÃa, frÃa el segundo, y en albondiguillas el tercero.
Con el tiempo, mis conocimientos fueron ampliándose y mi afición al estudio a crecer. Encontré dos o tres libros que me enseñaron nociones de arquitectura gótica, y llegué a crearme una reputación; ya hablaba en el casino con más seguridad y me escuchaban con atención, puesto que al menos en aquella rama del saber, estaba más instruido que los demás. RepetÃa mis antiguas historias de Egipto, sin aburrir a mis oyentes, que de vez en cuando decÃan:
—El capitán no es un ignorante; nadie tiene de la abadÃa tantos conocimientos como él.