El Monasterio
El Monasterio —Sà —decÃase—, me parece ver las apacibles torres de Dundrennan, donde vivÃa antes de conocer tas grandezas y los disgustos. Éramos felices en nuestro monasterio; sin austeridad muy rÃgida, cumplÃamos exactamente nuestros deberes. Creo estar viendo aún nuestro pequeño cercado, y aquellos perales que injertaba con mis propias manos. ¿Qué gané con mi ascenso? Verme agobiado por asuntos que no me incumben y estar sometido a la tutela de un subprior. Quisiera que estas torres fuesen la abadÃa de Aberbrothwick, que el padre Eustaquio fuera el abad, o que estuviera en el fuego mismo con tal que me librara de su presencia. El primado dice que nuestro Santo Padre el Papa tiene un consejero: pero tengo seguridad de que no podrÃa vivir una semana con un consejero como el mÃo. No hay medio de saber la opinión del padre Eustaquio, si no se le confiesa el apuro en que uno se encuentra; no comprende sin que se le diga todo, ni jamás expone su opinión; hay que arrancárselo. Es como un avaro que no desata los cordones de su bolsa para dar una moneda, si el desgraciado que le implora no le arranca la limosna a fuerza de importunidades. Semejante conducta me perjudica en el concepto de la comunidad, que cree que me dejo conducir como un niño sin entendimiento. No puedo sufrir esto por más tiempo. ¡Hermano Bennet!
El hermano Bennet, que era un lego, entró a recibir las órdenes de su reverencia, quien le dijo: