El Monasterio
El Monasterio —Decid al padre Eustaquio que puede dispensarse de venir, que no lo necesito.
—¡Oh! VenÃa a decir a vuestra reverencia, que el padre Eustaquio sale ahora del claustro y va a llegar.
—Entonces, sea bien venido. Quitad esa mesa; o, mejor dicho, esperad… traed un plato, el reverendo padre podrá tener hambre… pero no, quitad, quitad, es muy intratable… sin embargo, dejad la botella de vino y traed otra copa.
El hermano lego obedeció estas órdenes contradictorias del modo que creyó más conveniente: se llevó el capón, del que no quedaban ya más que los huesos, y puso dos copas al lado de la botella de Burdeos. El padre Eustaquio no tardó en presentarse.
Era este un hombre de pequeña estatura, cuya mirada penetrante parecÃa leer hasta el fondo del alma de la persona con quien hablaba; su flacura era extraordinaria, no solo a causa de los ayunos que observaba puntualmente, sino también por el continuo trabajo de su activa inteligencia.