El Monasterio

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Entró y saludó respetuosamente al abad. Al verlos juntos era imposible encontrar un contraste más completo. El color subido, el aire franco del abad, su natural buen humor que ni la inquietud en que estaba podía hacerle perder, no se parecían en nada a las pálidas y flacas mejillas y mirada viva y penetrante del padre Eustaquio, dotado de gran sutileza.

El abad empezó la conversación invitando al subprior a tomar asiento y a probar su vino de Burdeos. Este le dio las gracias muy cortésmente, pero no sin recordarle que el oficio religioso de la noche se había rezado ya.

—En beneficio del estómago, hermano —insistió el abad, enrojeciendo—. Conocéis el texto.

—Es muy peligroso —replicó el padre Eustaquio— beber cuando no se come o a una hora indebida; el jugo de la vid es un compañero temible en la soledad, y lo evito.

El abad había llenado su copa, de la cabida aproximadamente de una media pinta de Inglaterra; pero sea porque le llamara la atención la justicia de aquella observación, o porque temiera contradecir con su ejemplo al subprior, no la llevó a sus labios y varió la conversación.


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