El Monasterio
El Monasterio —El primado —dijo— nos ha ordenado que se hagan rigurosas pesquisas en los dominios sometidos a nuestra jurisdicción a fin de descubrir a los herejes que figuran en esta lista, los cuales han encontrado el medio de substraerse al castigo que merecÃan. Créese que probablemente se refugiarán en Inglaterra atravesando nuestro territorio, y se me recomienda que redoble la vigilancia para evitar que se escapen.
—Es cierto —ratificó el padre Eustaquio—. El magistrado no debe llevar la espada inútilmente, cualesquiera que sean los que pretendan trastornar el mundo, y sin duda vuestra reverencia no descuidará nada para secundar los esfuerzos del muy reverendo padre en Dios, sobre todo cuando se trata de defender la santa religión.
—Sin duda, pero ¿qué debo hacer? —contestó el abad—. El primado me escribe como si fuera yo un barón que tiene tropas bajo sus órdenes: «¡Guardad los desfiladeros, recorred el paÃs, prended a los herejes!». ¿Acaso no veis cómo viajan esas gentes, que no parecen muy dispuestas a dejarse prender? El último que ha pasado la frontera llevaba una escolta de treinta lanzas, según nos escribió nuestro reverendo hermano el abad de Kelso. ¿Cómo queréis que unos cuantos capuchones y unos escapularios les impidan el paso?