El Monasterio
El Monasterio «Rechaza la turbación que agita tu mente y alivia de su pesar tu corazón».
(Macbeth).
El sacristán presentose ante su superior apoyado sobre el brazo del molinero del monasterio, empapado como una sopa y sin poder pronunciar una palabra.
Al fin, después de varias tentativas para hablar, las primeras palabras que pronunció fueron:
—«Nademos alegremente al fulgor de la luna…».
—¡Nademos alegremente! —exclamó el abad, indignado—. ¡De veras! El tiempo es a propósito para nadar, y, ¡vaya una manera de dirigirse a su superior!
—Nuestro hermano ha perdido la razón —dijo el padre Eustaquio—; hablad, padre Felipe, ¿qué os sucede?
—«¡Excelente presa!…» —añadió el sacristán, imitando el tono de su compañera de viaje.
—¡Excelente presa! —exclamó el abad, cada vez más sorprendido—. ¡Por Nuestra Señora, este infortunado está completamente borracho! Si con pan y agua puede curarse esa locura…
—Perdonad, reverendo padre, apresuróse a decir el subprior: Creo que nuestro hermano ha bebido ya bastante agua, y que la confusión de sus ideas parece producida por un gran pánico. ¿En dónde le habéis encontrado, Hob Miller?
