El Monasterio

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Tan pronto como el padre Eustaquio se hubo alejado, el abad expuso al padre Felipe su deseo muy sincero de que algún espíritu diese al subprior una lección que lo curara de su presunción y de su vanidad.

—¡Ay! —contestó el sacristán—. Deseadle que atraviese alegremente el río con un espectro a la grupa de su caballería mientras los peces esperan su alimento, y os respondo de que quedará castigado suficientemente.

«Nademos al fulgor de la luna…».

—Padre Felipe, os exhortamos a rezar, a recobrar vuestro ánimo, y a olvidar esa estúpida canción que habéis oído al demonio —interrumpiole el abad severamente.

—Haré todo lo posible por obedeceros, reverendo padre: pero esa maldita aria me persigue por doquier, sonando constantemente en mis oídos: hasta las campanas del convento parecen repetir sus palabras. Creo que, aunque me arrancasen la vida en este mismo instante, moriría cantando: Nademos alegremente… Es contra mi voluntad.

Y tarareó de nuevo:

«Nademos al fulgor de la luna…».

Pero, haciendo un gran esfuerzo para detenerse, exclamó:


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