El Monasterio

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—No se me oculta que estoy perdido. Nademos al fulgor de la luna… Lo cantaré en misa. ¡Desgraciado de mí!… ¡Tendré que cantarlo durante toda mi vida, sin poder variar siquiera el tono!

El abad dijo que conocía a muchas y muy honradas personas que se encontraban en el mismo caso, y se sonrió con aire satisfecho pronunciando un ¡oh!, ¡oh!, ¡oh!, pues su reverencia era aficionado a los chistes.

El sacristán, que conocía bien el carácter de su superior, quiso hacerle coro; pero la desgraciada canción turbó nuevamente sus ideas y repitió una vez más:

—Nademos al fulgor de luna…

—Hermano Felipe —exclamó el abad, encolerizado—, sois insoportable; y estoy persuadido de que eso no puede ocurrirle a un religioso de Santa María más que teniendo la conciencia en pecado mortal. Así, pues, rezad los siete salmos penitenciales, recurrid frecuentemente a nuestras disciplinas, y durante tres días absteneos de todo alimento y quedaos a pan y agua. Os confesaré yo mismo, y veremos si es posible expulsar de vuestra alma al demonio. Creo que el padre Eustaquio no encontraría un exorcismo más eficaz.

Mientras tanto, el padre Eustaquio encaminábase al valle de Glendearg.


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