El Monasterio
El Monasterio El fraile estaba muy impaciente, pero recordó que una mujer del carácter de la señora Elspeth se parece a una peonza: que se detiene si la dejáis tranquilamente dar vueltas, y que, fustigándola, no acaba nunca.
—Para no hablar más de nuestras vacas a vuestra reverencia, aunque jamás las haya visto más hermosas, os diré que MartÃn las llevaba a pastar, acompañado de mis hijos Alberto y Eduardo, a quienes vuestra reverencia habrá visto en la iglesia los dÃas de fiesta, y de la pequeña MarÃa Avenel, hija de esa pobre señora enferma. Los tres niños se pusieron a jugar en la llanura y no tardaron en perder de vista a MartÃn; treparon por una colina de poca altura, en la que hay un pequeño manantial, y apenas habÃan llegado a la cumbre, cuando vieron una mujer vestida de blanco, sentada a la orilla del agua retorciéndose las manos. MarÃa y Eduardo, sobrecogidos de espanto, emprendieron la fuga; pero Alberto, que cumplirá dieciséis años en la Pascua de Pentecostés, y que nunca ha conocido el miedo, sé acercó resueltamente a ella para hablarle y ¡la Dama Blanca habÃa desaparecido!
—Señora Elspeth, no comprendo cómo una persona tan sensata como vos puede dar crédito a semejante patraña. Los niños han querido divertirse sin duda alguna.