El Monasterio
El Monasterio —No, padre; nunca han mentido, y tengo seguridad de que el suceso ha ocurrido como lo dicen. Además, no lo sabéis todo aún. En el sitio en que la Dama Blanca habÃa estado sentada, Alberto encontró d libro de lady Avenel, y se lo trajo.
—Ese es un detalle que merece atención. ¿Estáis segura de que es el mismo libro que entregasteis ayer al padre Felipe?
—SegurÃsima.
—¡Es verdaderamente extraordinario! —exclamó el padre Eustaquio, y empezó a pasearse por la habitación, muy pensativo.
—Yo estaba inquieta —prosiguió la viuda—, y deseaba vivamente veros para saber qué opináis. No hay cosa que no esté dispuesta hacer en favor de lady Avenel y de su familia; pero me desagrada verme continuamente rodeada de ángeles, de espÃritus, de hadas, y de otros seres sobrenaturales. Todo cuanto esa dama ha deseado, lo he hecho sin que interviniera el interés; pero ahora no sé qué partido adoptar. He atado un hilo encamado al cuello de los niños, he dado a cada uno una varita de fresno, y he cosido en sus casacas cortezas de olmo. Vuestra reverencia dirá si se puede hacer más en semejantes circunstancias.
—Señora Elspeth —preguntó el fraile—, ¿conocéis a la hija del molinero?