El Monasterio

El Monasterio

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—¡Sí, la conozco! Casi tanto como el mendigo a su escudilla.

—¿Entonces sabéis cuáles son los vestidos que lleva ordinariamente?

—Sí, padre; casi siempre lleva un hermoso vestido blanco, quizá para disimular el polvo del molino, y un manto azul, del que prescindiría si fuera menos orgullosa.

—¿No sería ella, señora Elspeth, la que ha traído el libro, y la que se alejó cuando los niños se le acercaron?

La señora Glendinning vaciló; no quería contradecir al reverendo padre; pero no concebía que la hija del molinero fuera a un paraje tan desierto, solo para llevar un libro viejo a tres niños de quienes se había apresurado a huir.

—¿Por qué, conociendo a la familia, y habiendo cobrado cumplidamente el derecho de molienda, no ha venido hasta aquí para descansar un rato, tomar un refrigerio y darnos algunas noticias?

El fraile habría podido contestar estas objeciones, pero temía que una discusión con la señora de Glendinning lo llevara demasiado lejos, y, variando de conversación, dijo:

—Si lo permitís, iré a ver a la enferma. Servios anunciarle mi visita.


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