El Monasterio

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La señora de Glendinning dejó al fraile absorto en profundas reflexiones, estudiando la manera más eficaz de cumplir el importante deber que le imponía su ministerio. Al fin resolvió: primero reprender a la enferma con la dulzura que le imponía su estado de debilidad, y, si replicaba, emplear argumentos más contundentes, con cuya ayuda acostumbraba combatir cierta clase de escrúpulos.

—Estas son —se decía— las respuestas que puede dar un iniciado en la herejía, y que, estudiando las Santas Escrituras, usurpa las funciones del sacerdocio; estas son las refutaciones victoriosas con que la confundiría y la batiría en sus últimas trincheras. Después haría a la penitente una exhortación salutatoria, pero terrible, conjurándola, si deseaba salvar su alma, y si quería recibir los últimos auxilios espirituales, a descubrir lo que sabe de ese sombrío misterio de iniquidad; por qué medio la herejía había osado penetrar en el territorio de la Iglesia; cuáles eran los agentes que habían sabido, deslizándose en la sombra, evitar las miradas y traer nuevamente un libro prohibido por la Iglesia, a un lugar de donde había sido recogido por uno de sus miembros; un libro que incita a los profanos a adquirir conocimientos prohibidos; conocimientos que solo sirven para dar el triunfo al demonio.


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