El Monasterio

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Pero el fraile olvidó todos estos raciocinios cuando la señora Elspeth se le acercó llorando y le hizo señas de que la siguiese.

—¡Cómo! —exclamó—. ¿Está tan grave? Vamos, vamos, no hay que desesperar aún.

Y entró apresuradamente en la reducida habitación donde, sobre el miserable lecho que ocupaba desde el día en que sus infortunios la condujeron a la torre de Glendearg, la viuda de Gualterio Avenel acababa de expirar. Su alma había ido a comparecer ante la presencia del Creador para ser debidamente juzgada.

—¡Dios mío —se dijo—, si en lugar de perder el tiempo en las reflexiones, hubiera acudido a su lado, no habría muerto sin los auxilios de la Iglesia!

Después continuó en alta voz:

—Señora Elspeth, mirad; ¿no da ninguna señal de vida? ¿No será posible que recobre el conocimiento… un momento siquiera? ¡Oh! ¡Si pudiera decir una sola palabra, hacer una señal para revelar su sentimiento! ¿Tenéis seguridad que se ha perdido toda esperanza?

—¡Ay! —contestó la viuda—. ¡No la veremos más!… ¡Su pobre hija huérfana!… He perdido para siempre a la compañera cuyo trato había llegado a serme indispensable… Pero está en el Cielo, porque ha sido una mujer de vida ejemplar…


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