El Monasterio
El Monasterio —¡Desgraciado de mà si no estuviera en la gloria! —repuso el fraile—. ¡Desgraciado del pastor imprudente que ha permitido al hambriento lobo arrebatarle una de sus ovejas más preciosas, mientras perdÃa el tiempo en preparar su onda y su cayado! ¡Oh! Si esa pobre alma no se ha salvado, ¡qué caro le habrá costado mi retraso!
Y, aproximándose al cadáver, contempló aquel pálido rostro, cuyos labios parecÃan sonreÃr; ¡tan dulce habÃa sido para Alicia el paso de la vida a la muerte!
—¡Ay! —exclamó entonces—. ¡El soplo de la muerte ha pasado sobre esta frágil planta! ¡Que me condene para siempre si mi descuido le ha ocasionado males eternos!
Y conjuró nuevamente a la señora de Glendinning a que le dijera cuanto sabÃa de la conducta y las costumbres de la difunta.
Las respuestas fueron todas favorables a lady Avenel, pues su compañera, que la habÃa admirado durante su vida, a pesar de la envidia que le tenÃa a veces, la idolatraba, y no habÃa ningún homenaje que no estuviera dispuesta a tributar a su memoria.