El Monasterio
El Monasterio —Su madre lo leÃa y, por consiguiente, puede leerlo ella. No os lo llevaréis. ¿En dónde está Alberto? Sin duda está escuchando las fanfarronadas de Cristián. ¡No habla ya más que de batirse! ¿Porqué no está aquÃ?
—Qué, Eduardo, ¿serÃais capaz de batiros contra mÃ, contra un sacerdote, contra un anciano?
—Aunque fuerais más sacerdote que el Papa y más viejo que nuestras montañas, no os llevarÃais el libro de MarÃa sin su autorización. Antes me batiré con vos.
—Pero, amiguito, ¿quién os dice que pretendo privarle de él? Solo quiero llevármelo prestado. Tomad este lindo misal en prenda.
Eduardo abrió el misal con curiosidad, y empezó a examinar las láminas.
—San Jorge y el dragón —dijo—; Alberto preferirÃa más esto. San Miguel blandiendo su espada sobre la cabeza del diablo; también es bueno para Alberto. San Juan conduciendo el cordero por el desierto, con su pequeña cruz; esta sera mi imagen favorita. ¿Quién es esta mujer tan bella y tan desconsolada?
—Santa MarÃa Magdalena, que se arrepiente de sus pecados, hijo mÃo.
—Esto no conviene a nuestra MarÃa, pues ella no comete ninguno.