El Monasterio
El Monasterio —Os mostraré otra MarÃa que la protegerá y a vos también. Ved cómo brilla su vestido bordado de estrellas.
—El niño contemplaba extático la imagen de la Virgen, que el subprior le mostraba.
—Esta —dijo por fin— se parece efectivamente a nuestra MarÃa; podéis llevaros el libro negro, que no tiene ninguna lámina, y guardaré esta para MarÃa. Sin embargo, tal vez prefiera el otro, por haber pertenecido a su madre. Es preciso que me prometáis volver, y traerlo.
—Volveré seguramente —repuso el padre Eustaquio, que deseaba contestar de una manera evasiva—, y si sois dócil, os enseñaré a leer, a escribir y a pintar estampas, en azul, en verde, en amarillo…
—¿Y dibujar imágenes como las de estos santos, y, sobre todo, como estas dos MarÃas?
—SÃ, con su bendición os instruiré en ese arte cuanto me sea posible enseñar y podáis aprender.
—Entonces retrataré a MarÃa; pero no os olvidéis de traer el libro negro.
—Pronto volveréis a verme.
El padre Eustaquio, con el deseo de marcharse antes de que Cristián concluyera de comer, para evitar una nueva entrevista con él, montó sobre su mula y emprendió el camino de regreso al convento.