El Monasterio

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—Esta —dijo el padre Eustaquio— es otra calamidad del tiempo en que vivimos; un perillán nacido para labrar la tierra, y de quien las funestas divisiones que destrozan el país han hecho un audaz y licencioso bandido. Los barones escoceses se han hecho ladrones y oprimen al pobre con sus violencias, arruinan los bienes de la iglesia, y viven a discreción en las abadías y priorato, sin vergüenza ni remordimiento. Temo llegar tarde para aconsejar al abad que resista a las pretensiones de esos audaces aventureros. Apresuraré el paso.

Y, dicho esto, dio un golpe con la vara a su mula; pero el animal, en lugar de avanzar más de prisa, se detuvo, resistió y no fue posible obligarlo a que continuara caminando.

—¿Estás también infestada? ¡Tú, que de ordinario eres tan dócil, estás tan reacia como un hereje! —dijo el fraile.

Mientras trataba de vencer la terquedad de su cabalgadura, el padre Eustaquio oyó una voz de mujer que cantaba a su oído, o, por lo menos muy cerca de él, lo siguiente:

«¡Buenas noches, padre Eustaquio!

¡Buenas noches, frailecico!

No vengáis a estos lugares

a desafiar al diablillo.

Retroceded en seguida;

y, por donde habéis venido,


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