El Monasterio
El Monasterio volved de nuevo a la torre
y dad a su dueña el libro
que le acabáis de robar.
¡Buenas noches, frailecico!».
El subprior miró en torno suyo, pero en los alrededores no había árboles ni bosque que pudiera ocultar a ningún ser humano.
—¡Que la Virgen me ampare! —exclamó—. No he perdido el juicio, según creo, y, sin embargo, mis pensamientos se ordenan en forma de versos con acompañamiento de una música, cosas ambas de que me cuido bien poco. ¿Por qué suena una voz de mujer en mis oídos? No comprendo nada. ¡Es casi la misma visión que tuvo el padre sacristán!
—Vamos, mula, vamos, avanza… alejémonos de aquí antes de que pierda por completo el juicio.
Pero la mula parecía haber echado raíces, y sus ojos, casi fuera de las órbitas, revelaban el terror que se había apoderado del animal.
El padre Eustaquio empleaba alternativamente la persuasión y la violencia para hacer caminar a su mula, que permanecía inmóvil, y la voz misteriosa se oyó de nuevo a dos pasos de él:
—¿Has hecho este viaje para saquear un sepulcro? Esta hazaña es, sin duda, muy hermosa; pero no es prudente. Renuncia al botín, y retrocede, porque la muerte te acecha en el camino. ¡Temed su guadaña homicida!