El Monasterio
El Monasterio La mula sudaba a chorros, y un temblor convulsivo revelaba el terror que experimenta; de pronto pareció tranquilizarse y empezó a andar sin que el jinete la espolease.
—No creÃa en la existencia de los cabalistas y de los empÃricos —pensó el benedictino—; pero, por mi santa Orden juro, que ya no sé qué decir. No tengo fiebre, estoy en ayunas y poseo todas mis facultades; es preciso, pues, que al enemigo del género humano le haya sido permitido hacerme experimentar su poder, o los escritos de Cornelio Agrippa, Paracelso y otros autores que tratan la filosofÃa oculta, no carezcan de fundamento. «¡A la vuelta del valle!» me ha dicho esa voz misteriosa. No tengo necesidad de ese nuevo encuentro, que me serÃa fácil evitar; pero estoy al servicio de la Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra mÃ.