El Monasterio
El Monasterio Prosiguió la marcha; pero con precaución y lleno de temor, pues no sabía en qué momento ni en qué sitio del valle el ser invisible debía interrumpir de nuevo su viaje. Al cabo de una milla aproximadamente, al llegar a un sitio en que el río, cerca de una montaña, no dejaba más que el paso para un hombre a caballo, y después daba una vuelta brusca a la izquierda, la mula volvió a detenerse con los mismos síntomas de terror. Comprendiendo demasiado la causa, el fraile se abstuvo de excitarla a andar, pero dirigió al ser invisible, que suponía próximo a él, los exorcismos solemnes que emplea la Iglesia de Roma en semejantes ocasiones, y la voz contestó:
—Quien no es el enemigo de nadie no tiene enemigos; pero, antes que te abandone, escucha este último aviso: ocúltate en esta tranquila caverna un instante y permanece mudo, pues, si te ven, eres muerto.
El ser invisible parecía estar muy cerca de él.
El padre Eustaquio volvió la cabeza hacia donde le parecía oír la voz y escuchó más atentamente. De pronto se sintió desazonar por una fuerza irresistible; quedó tendido en el suelo sin conocimiento, y no volvió en sí hasta mucho tiempo después. Cuando abrió los ojos, la luna brillaba en todo su esplendor en el horizonte. Aterrorizado aún, se incorporó y advirtió que no había sufrido otro daño que el natural entumecimiento del frío.