El Monasterio
El Monasterio —¡Santo Cielo! Ese vil metal, una substancia innoble aunque brillante, ¿ha podido haceros olvidar la imagen sagrada que tenÃais ante vuestros ojos?… Padre, ¿consentÃs en abandonar a ese culpable a mi merced?
—A vuestra justicia, si os place, hermano —exclamó el padre sacristán—, pero no a vuestra merced. No todos estamos igualmente protegidos por la Virgen, y no es probable que todos los hábitos del convento tengan la virtud de servir de cota de malla contra las lanzadas.
—Por esto mismo no quisiera ser causa de un rompimiento entre nuestra comunidad y Julián Avenel, el amo de este hombre.
—¡No lo quiera Dios! —exclamó el padre sacristán—; es un segundo Julián el Apóstata.
—Con el permiso de nuestro reverendo padre —prosiguió el subprior—, ruego que se le quiten los hierros de que está cargado, y que se le ponga en libertad.