El Monasterio

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—Amigo —agregó luego dirigiéndose a Cristián y presentándole su crucifijo de oro—, voluntariamente te entrego lo que querías obtener dándome la muerte. ¡Quizá esta imagen sagrada te inspire mejores pensamientos que el metal de que está hecha! Te permito venderla, si tu situación lo exige, pero a condición de que tomarás otra de una materia menos rica, que no por eso valdrá menos para los que solo ven en ella un signo de la salvación de los hombres. Es una donación que me hizo un amigo a quien amaba mucho; pero estará bien empleada si es que he ganado un alma para el Cielo.

El merodeador, libre ya de los hierros que le habían tenido sujeto, miraba alternativamente al subprior y al crucifijo de oro.

—¡Por San Gil! —exclamó al fin—. No os entiendo: si me dais oro por haberos acometido con mi lanza, ¿qué me daríais si la hubiera enristrado contra un hereje?

—La Iglesia —le respondió el padre Eustaquio— prueba el efecto de sus censuras espirituales para traer nuevamente al redil a las ovejas descarriadas, antes de blandir la espada de San Pedro.

—Perfectamente; pero se asegura que el primado pretende que la cuerda y la horca deben ayudar a las censuras… En fin, os debo la vida y no lo olvidaré.


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