El Monasterio

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El bailío presentose en aquel momento, bastante sofocado, en traje de ceremonia y acompañado por cuatro hombres armados de alabardas.

—He tardado en ponerme a las órdenes de vuestra reverencia —dijo al abad—, porque he engordado tanto desde la batalla de Pinkie que necesito mucho tiempo para vestirme. Pero el calabozo está preparado, y aunque, como os decía, he procedido con alguna lentitud…

Cristián se aproximó entonces al bailío, y, con tono chocarrero, le dijo:

—Sí, os habéis retrasado algo; tengo mucho que agradecer a vuestra obesidad y a la calma con que os habéis vestido. Si el brazo secular hubiera llegado media hora antes, no estaría ahora fuera del alcance de la merced espiritual. Os deseo, pues, que salgáis de vuestros vestidos con más facilidad que habéis entrado en ellos.

—¡Miserable! —exclamó el funcionario, furioso—. Si el venerable y reverendo abad no estuviera presente, yo os enseñaría…

—Si tenéis algo que enseñarme, me encontraréis mañana al amanecer, cerca del manantial de Santa María.

—¡Pecador empedernido! —exclamó el padre Eustaquio—. ¿Acaban de perdonarte la vida y abrigas semejantes pensamientos?


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