El Monasterio

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—Te encontraré algún día —dijo el bailío— y entonces te demostraré de qué sirven tus provocaciones.

—Antes de que eso llegue —repuso Cristián—, examinaré a la claridad de la luna si tus ganados están tan gordos como el amo.

—¡Te haré ahorcar en una mañana de niebla, bribón! —exclamó el bailío.

—No existe bandido más grande que tú; y cuando los gusanos roan tu esqueleto, me alegraría que estos reverendos padres me concedieran tu plaza vacante —vociferó el soldado.

—Los reverendos padres te darán un confesor, y yo una cuerda; es cuanto puedes esperar de nosotros.

Viendo el subprior que los frailes tomaban en la disputa que sostenía la justicia contra la iniquidad, más interés que el permitido al decoro, rogó a los contendientes que se retiraran.

—Bailío —dijo, retirad vuestra escolta; vuestra presencia no es necesaria ya aquí. Tú, Cristián, vete en seguida y no olvides que debes la vida a la clemencia de nuestro reverendo abad.

—Podéis decir cuanto queráis —respondió Cristián—, pero es a vuestra clemencia a quien la debo, y os repito que no lo olvidaré.

Y, dicho esto, alejose silbando con la misma tranquilidad que si no hubiera corrido ningún peligro.


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