El Monasterio

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—Yo, hermanos, —respondió un fraile anciano—. No sabéis todavía todo lo que es capaz de hacer un ladrón arrepentido. En tiempos del abad Ingilram, lo recuerdo perfectamente, se veía con cierto placer a los merodeadores llegar a la abadía. Venían a pagar el diezmo de todos los rebaños que traían del Sur, y, en atención a la manera que habían tenido de adquirirlos, lo aumentaban a veces hasta la séptima parte. Cuando se veía desde la torre avanzar en el valle una manada de bueyes muy gordos o un buen rebaño de carneros, conducidos por algunos hombres armados, cuyos cascos, corazas y largas lanzas brillaban a lo lejos, el virtuoso abad Ingilram, que siempre tenía preparado algún chiste, exclamaba: «Ya nos traen el diezmo de los despojos egipcios». He visto al bandido Juan Armstrang, varón sumamente religioso, que es lástima que haya muerto ahorcado: he visto, repito, venir a la iglesia de la abadía, con nueve cruces en la montera, cada una de las cuales estaba hecha con nueve piezas de oro, e ir de capilla en capilla, de santo en santo, de altar en altar, dejando aquí una moneda de oro, allá dos, acullá una cruz completa, hasta quedarse sin ninguna… ¿Dónde encontraréis hoy otro igual?





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