El Monasterio
El Monasterio —Ya no existen merodeadores de esa Ăndole, hermano Nicolás —contestĂł el abad—. Los de hoy se llevan el oro de la iglesia en vez de traerlo, y no se preocupan de si los rebaños que roban pertenecen a un propietario inglĂ©s o a un monasterio escocĂ©s.
—Son hombres perversos; verdaderos bribones —agregó el padre Nicolás—; no se parecen en nada a los de antaño.
—No hablemos más del asunto, hermano Nicolás —dijo el abad—; los tiempos han cambiado mucho. Ahora, hermanos, retĂrense. Os dispenso de los maitines de esta noche, pues la asamblea que acabamos de celebrar los reemplaza. Sin embargo, padre sacristán, la campana debe sonar como de costumbre para edificaciĂłn de los fieles. Recibid mi bendiciĂłn, hermanos. Pasad al refectorio; el mayordomo os dará un cubilete de vino y un pedazo de pan; os habĂ©is inquietado y agitado, y en estos casos es peligroso dormir con el estĂłmago vacĂo.
—Os damos las gracias, reverendo padre —dijeron en latĂn los hermanos, que en seguida se retiraron por el orden de sus respectivos grados.