El Monasterio
El Monasterio Cuando todos hubieron salido, el padre Eustaquio se arrodilló ante el abad y le rogó que le escuchara en confesión. El abad, de buena gana hubiera alegado la fatiga y zozobra que había experimentado aquella tarde, pero el subprior era a quien menos quería mostrar indiferencia en el cumplimiento de sus deberes religiosos. Después de haber oído la confesión, durante la cual le refirió fielmente el subprior las aventuras extraordinarias que le habían ocurrido durante el viaje, preguntóle si no se consideraba culpable de algún pecado secreto que hubiera podido someterle durante cierto tiempo al poder del demonio, y el penitente declaró que podía haber merecido tal castigo por haber juzgado poco piadosamente, la conducta del padre sacristán.
—Dios —dijo el superior— ha querido quizá convencerme de que puede, no solo establecer comunicación entre nosotros y los seres de distinta naturaleza, y a los que llamamos sobrenaturales, si no castigarnos por el orgullo con que nos atribuimos valor, sabiduría y conocimientos superiores a los demás.
La virtud encuentra siempre la recompensa en sí misma, y dudo que un deber perfectamente cumplido haya sido mejor recompensado que en este caso particular.