El Monasterio

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Si el subprior, algo menos preocupado de los progresos de la herejía, lo hubiera estado más de lo que ocurría en la torre de Glendearg, seguramente habría leído en los expresivos ojos de María Avenel la causa de la poca vocación que tenía su joven compañero al estado religioso. María contaba entonces catorce o quince años; y, como ya hemos dicho, también había aprovechado las lecciones del bondadoso fraile a quien su belleza infantil inspiraba gran interés. Su alcurnia y sus esperanzas de fortuna le daban el derecho a ser iniciada en la lectura y escritura, y como progresaba algo menos que Eduardo, este le explicaba cada lección del maestro dos y tres veces, hasta que la comprendía y retenía perfectamente.

Alberto había empezado también esos estudios; pero la altivez de su carácter le alejó pronto de una ocupación en la que solo se progresa a costa de asiduidad y atención sostenidas. Las visitas del subprior no eran regulares; a veces pasaba una semana entera sin ir a la torre, y Alberto, que no trabajaba más que en su presencia, no solo no aprendía nada en esos intervalos, sino que olvidaba mucho de lo que había aprendido. Cuando el fraile llegaba, el joven mostrábase contrariado al advertir que estaba menos adelantado que los demás, lo que no le impedía incurrir de nuevo en la misma falta.


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