El Monasterio
El Monasterio Y cogió su libro exhalando un suspiro, e intentó retener en su memoria la lección que le había sido señalada. Como si hubiera sido desterrado de la sociedad de sus dos condiscípulos, fue a sentarse al lado de la ventana. Después de bostezar cinco o seis veces durante la primera lectura, renunció al trabajo, que le resultaba penoso, y se distrajo en examinar a su hermano y a su joven amiga.
El cuadro era encantador de suyo; pero Alberto no encontraba en él ningún placer. La graciosa joven se esforzaba por comprender y suplicaba a Eduardo que le diese las explicaciones que necesitaba; a este, sentado a su lado, con los ojos fijos en ella, le encantaba allanar los obstáculos que se oponían a sus progresos, y se mostraba orgulloso de poder prestarle ayuda. Ambos jóvenes estaban ligados por un lazo fuerte e interesante: el deseo de saber y el de salvar las dificultades del estudio.
Presa de un sentimiento penoso, y no comprendiendo aún el origen ni la naturaleza de su emoción, Alberto no pudo contemplar durante más tiempo aquella escena tan apacible y, levantándose de pronto y arrojando al suelo el libro que tenía en la mano, exclamó:
—¡Llévese el diablo todos los libros y a todos los locos que los han escrito! Si vinieran hoy al valle una veintena de ingleses, veríamos de qué sirve toda esa hojarasca.