El Monasterio
El Monasterio MarÃa y Eduardo se estremecieron y miráronse sorprendidos.
—SÃ, MarÃa —prosiguió con el rostro encendido, sin poder contener las lágrimas que resbalaban de sus ojos, a pesar suyo—; si llegaran hoy una veintena de ingleses al valle, verÃais cómo un buen brazo y una buena espada protegen más eficazmente que todos los libros y que todas las plumas que se han arrancado a los gansos.
MarÃa, casi atemorizada ante tanta vehemencia, respondió afectuosamente:
—¡Estáis disgustado, Alberto, porque no aprendéis la lección tan pronto como Eduardo! A mà me ocurre lo mismo, soy tan torpe como vos. Venid aquÃ. Eduardo se colocará entre nosotros dos y nos enseñará la lección.
—No me enseñará —protestó Alberto furioso—. Él no quiere tampoco que yo le enseñe lo que es honroso, lo que debe aprender un hombre, y a mà la ciencia de sus frailes me apesta. Detesto a los frailes, cuyo tono gangoso, sus faldas, sus reverencias, sus señorÃas, y sus perezosos vasallos son extremadamente ridÃculos e inútiles. Jamás llamaré señor más que a quien lleve una espada al cinto, pues no considero digno del tÃtulo de hombre más que al que sabe portarse como tal.