El Monasterio
El Monasterio —¡Por Dios, hermano! —exclamó Eduardo—. No habléis asÃ; si fuerais oÃdo y delatado, ocasionarÃais la ruina de nuestra madre.
—Perfectamente, denunciadme vos. Decid a vuestros frailes que Alberto Glendinning jamás será vasallo de un monje o de una cabeza pelada, mientras haya barones que necesiten soldados. Que os concedan ese miserable feudo que desprecio, para que podáis cosechar en él mucha avena.
Y, dicho esto, abandonó precipitadamente la estancia; pero, volviendo al punto, prosiguió con el mismo tono arrebatado y vehemente:
—No estéis tan orgullosos por saber leer en este libro de pergamino, porque me basta querer para estar tan adelantado como vosotros en la ciencia. Conozco un maestro mejor que el padre Eustaquio, y un libro mucho mejor que su breviario; y, puesto que tanto amáis la ciencia, MarÃa Avenel, pronto veréis quién tiene más, Eduardo o yo.
Y salió definitivamente.
—¿Qué le pasa? —preguntó MarÃa siguiéndole con la vista desde una ventana al advertir que se dirigÃa al pequeño valle—. ¿A dónde va nuestro hermano, Eduardo? ¿De qué maestro, de qué libro habla?