El Monasterio
El Monasterio —No lo sé. Alberto está de mal humor, no se por qué, y acaso él tampoco lo sepa. Cuando se canse de correr por las montañas, según su costumbre, volverá. Ocupémonos en nuestra lección.
Pero la inquietud de María era demasiado profunda, y se negó a continuar el estudio, pretextando un súbito dolor de cabeza, siendo inútiles los esfuerzos de Eduardo para decidirla a reanudar la tarea aquella mañana.
Alberto, con la cabeza descubierta, el rostro encendido por la cólera, y las lágrimas en los ojos, atravesó el pequeño valle de Glendearg con la rapidez de un gamo, pasando por los lugares más agrestes y por los senderos más difíciles sin que le detuviera ningún obstáculo y exponiéndose a los mayores peligros que hubiera podido evitar dando un ligero rodeo. Parecía que deseaba llegar cuanto antes al sitio a que se dirigía, y caminaba en línea recta. Siempre con la misma precipitación llegó a un barranco en cuyo fondo corría un arroyuelo que desembocaba en el río del valle de Glendearg, lo costeó sin mirar en torno suyo, y no se detuvo hasta llegar al manantial del arroyo cuya orilla acababa de recorrer.