El Monasterio

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CAPÍTULO XII

«En vano impugnáis los prejuicios. El cuento me seduce. Esta fuente murmuradora, de la que mana el cristalino arroyo que embellece el valle, ofrece asilo protector a seres más puros y poderosos que yo».

(Comedia antigua).

Una mujer bella, envuelta en una amplia vestidura blanca, no es espectáculo que atemorice a nadie; pero su aparición súbita produjo a Alberto Glendinning tal terror, que le hizo olvidar su resolución de no asustarse ante el ser sobrenatural que por segunda vez veía. Guardaba silencio, y apenas podía respirar; los cabellos se le habían erizado; sus ojos permanecían fijos, la boca abierta; y él continuaba inmóvil, en la misma actitud que había adoptado para pronunciar su invocación a la Dama Blanca.

El misterioso ser, al presentarse y ver que el joven lo contemplaba extático sin atreverse a dirigirle la palabra, preguntóle con voz extremadamente dulce:

—¿Por qué me has invocado, joven? ¿Qué móvil te ha impulsado a venir aquí? Si deseabas verme, ¿por qué tiemblas? Para tratar con nosotras, es preciso tener valor, porque los cobardes nos inspiran desprecio. Habla, el tiempo transcurre velozmente y es preciso aprovecharlo, porque me espera una nube para conducirme a Grecia.


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