El Monasterio

El Monasterio

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Este altar ocupaba el centro de la gruta, que era de forma redonda, y cuyo techo semejaba la cúpula de una catedral. La llama ascendía a veces en columna dorada, hasta la parte más elevada de la bóveda; y, en ocasiones, elevase en espirales de matiz más suave, que parecían cernerse sobre el altar y reunir fuerzas para lanzar nuevos fulgores. No producía humo, ni vapor alguno, y no se veía qué substancia combustible la alimentaba. En medio de esta columna de fuego cuya intensidad parecía poder fundir el diamante, estaba el libro negro que permanecía intacto e invulnerable.

La Dama Blanca dio al joven Glendinning tiempo suficiente para contemplar cuanto le rodeaba, y después le dijo:

—Ante tus ojos tienes el libro santo que deseas. Sácalo de las llamas, y será tuyo.

Familiarizado ya con las maravillas que le rodeaban y avergonzado de mostrarse cobarde, alargó el brazo e introdujo la mano entre las llamas; pero no tuvo tiempo de apoderarse del libro.

El fuego se propagó rápidamente a la manga de su casaca recibiendo el joven tan graves quemaduras, que estuvo a punto de prorrumpir en un grito de dolor. Sin embargo, logró reprimirse.

La Dama Blanca pasole su fría mano sobre el brazo, y el dolor y la quemadura desaparecieron inmediatamente.


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