El Monasterio

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—Yo iré a vivir con ellos —pensaba—, y Eduardo podrá arreglarse entonces con su hermano en lo concerniente al feudo. ¿Y quién sabe si algún día María Avenel, a pesar de su elevada estirpe, no ocupará mi sillón junto al fuego? Es verdad que no tiene dote; pero en todo el territorio de Santa María, no hay otra muchacha más bella y más juiciosa. Aunque su tío se haya apoderado de sus bienes, es posible que una flecha le atraviese el corazón. No dudo de la nobleza de los Avenel; pero Eduardo podría decir como el refrán: «La noble valentía equivale a la noble alcurnia». Además, no es sangre plebeya la sangre de los Brydone y de los Glendinning… pues Eduardo…

El molinero, con su voz estruendosa, interrumpió de pronto las reflexiones de la señora Elspeth, para recordarle que si quería ver realizarse sus esperanzas, debía empezar por echar los cimientos recibiendo a sus huéspedes con cortesía en vez de dejarlos a su libre albedrío como si no hubiera llegado nadie a la torre.

—¿Estáis muy ocupada, señora Elspeth? —preguntó el molinero—. En este caso, Mysie y yo volveremos a casa de Juan Broxmouth, que nos había invitado a pasar el día en su compañía.


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